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“Nunca hicimos tan rápido un disco”, dicen que anda diciendo Michael Stipe en los días previos a la salida de Accelerate. Cierta o no, cuando terminan las once canciones, los deliciosos 31 minutos y fracción del decimocuarto álbum de estudio de REM, la frase parece tener correlato y sentido completo. Y no precisamente en el sentido negativo de “lo hicimos rapidito y sin ponerle mucho trabajo”: Accelerate tiene una urgencia, una honestidad y una actitud guitarrera que hace muy bien en prescindir de toda posproducción. Un nuevo disco de los veteranos de Athens es siempre una novedad a la cual se presta atención. Y cuando garpan, la novedad se vuelve buena nueva.
No debe ser fácil para un grupo como el de Stipe, Peter Buck y Mike Mills plantarse en el estudio (en este caso tres, en Berlín, Vancouver y su ciudad natal) y ver cómo se continúa una historia de casi 30 años. En este caso, REM parece haberse decidido por la faceta que hizo tan inolvidable aquel show del Campo de Polo en enero de 2001: salir al ruedo y tocar. Y acelerar, y si es necesario atropellar lo que se ponga delante. Será por eso que el disco que aparecerá el próximo 1 de abril es tan contundente, entrador desde “Living well is the best revenge”, una de esas canciones capaces de desatar catarsis, con esa potencia de pop guitarrero que se le reconoce al grupo desde “It’s the end of the world as we know it” y perlas similares.
Con ese background, el de una banda bien ensamblada, el grupo puede brillar en dos facetas fundamentales de su obra: la especial sensibilidad para construir canciones y la enorme personalidad de su cantante. Títulos que no concentrarán la atención del oyente en primera instancia, como “Sing for the submarine”, dan cuenta (otra vez) de la capacidad de Stipe para relatar cantando, tocar sutilmente ciertas fibras emocionales, vivir la canción mientras la entona. Esa “primera instancia” citada incluye ciertamente el single “Supernatural Superserious”, pero también “Man sized wreath”, luminosos midtempo con el ADN del grupo bien aplicado. O a la épica de “Accelerate”, un shot de adrenalina que marca la mitad justa del disco, preparando el terreno para la seguidilla de “Mr Richards”, el polvoriento clima de “Until the day is done”, “Horse to the water” y la apocalíptica “I wanna dj”, grabada en las épocas del anterior Around the sun. El disco se va en un suspiro, pero sabe dejar su marca.
Un último párrafo para la forma escogida a la hora de publicar el disco, que primero se dará a conocer a través de la red iLike (programa dependiente del Facebook): “Hacer debutar a Accelerate a través de Internet es mantener el espíritu y la inmediatez del disco”, dijo Stipe. “La forma en la que la gente accede a la música cambió en los últimos cinco o diez años. Pienso que o vas con la corriente o te quedás mirando: Yo prefiero estar en el campo, en lugar de estar sentado en las tribunas viendo qué pasa”.
La definición “quinto Beatle” fue aplicada a más de un personaje –sobre todo a la figura de Sir George Martin–, pero fue el mismo George Harrison quien aclaró los tantos cuando, en la inducción de The Beatles al Salón de la Fama del Rock and Roll en 1988, lo señaló como el Auténtico Quinto Beatle. Con ese certificado oficial, y considerando la historia del galés, puede decirse que la familia de Liverpool perdió a otro hijo dilecto: el domingo, en el Memorial Sloan-Kettering Cancer Center y a causa de un cáncer de pulmón, murió Neil Aspinall, el hombre que estuvo allí cuando The Beatles era sólo un proyecto, y se convirtió en figura clave en su mitología.
“Todos sus amigos y seres queridos lo extrañaremos mucho, y siempre guardaremos los más cariñosos recuerdos de un gran hombre”, señala la nota difundida ayer por Apple Corps. y firmada por Paul McCartney, Ringo Starr, Olivia Harrison y Yoko Ono. “No podemos dejar de agradecer sus consejos y su confiable administración, que dejó un legado duradero para las próximas generaciones.” Es que la relación entre Aspinall y los músicos se remonta al Liverpool Institute, donde trabó amistad con Paul, George y Pete Best, primer baterista del grupo, con cuya madre se enredó sentimentalmente y terminó teniendo un hijo. Nacido en Prestatyn, Gales (donde su familia se había refugiado de los bombardeos habituales en Liverpool durante la Segunda Guerra), el 13 de octubre de 1941, Aspinall se convirtió en ese amigo del alma necesario en cualquier banda: el que salía a pegar afiches y, junto a Mal Evans, manejaba la camioneta, cargaba equipos y oficiaba de guardaespaldas en la apretada agenda del grupo por los pueblitos ingleses. Y hasta acompañó a Best en la reunión con Brian Epstein en la que debió bajar el mal trago de ser reemplazado por Ringo Starr.
A medida que la fama del cuarteto se disparaba a la estratosfera, las labores de Aspinall se complejizaron, pero siempre estuvo a mano de lo que necesitaran John, Paul, George y Ringo. La confianza incondicional que le tenía el grupo fue razón suficiente para que, a la hora de manejar la flamante Apple Corps., fuera un nombre cantado. Aceptó “hasta que encuentren a otro”, pero su historia allí continuaría hasta 2007. Incluso, cuando el financista Allen Klein fue llamado para salvar el desastre hippie en que la compañía se había convertido, la única orden de Lennon fue “Ni se te ocurra tocar a Neil y Mal”. De hecho, lo mejor de Aspinall en Apple estaba por venir. Cuando la banda se disolvió, el galés quedó como principal custodio de su legado, supervisando litigios legales sumamente complejos, que iban de regalías mal pagadas por EMI o el célebre juicio contra Apple Computers, a aquellos en los que los mismos Beatles se demandaban unos a otros.
Aspinall se las arregló para conservar las buenas relaciones con todos, una actitud clave en la amarga etapa posterior a la separación de The Beatles: por eso no extraña que su trabajo más fecundo en la compañía llegara a comienzos de los ’90, cuando las viejas heridas al fin empezaron a cicatrizar. Primero fue el doble Live at the BBC, que rescató una valiosísima serie de actuaciones del grupo en los estudios de la emisora inglesa. Pero el proyecto más ambicioso fue The Beatles Anthology, pensado en 1970 como película y finalmente realizado como especial televisivo de seis horas, un videohome de cerca de trece horas y su correspondiente soundtrack integrado por tres discos dobles. Allí quedó clara la capacidad organizativa de Aspinall, que junto a George Martin le dio forma al documental por excelencia –de hecho, de allí en más el término Anthology fue utilizado por varios otros– y dio el toque final con las entrevistas conjuntas de McCartney, Harrison y Starr para el especial.
Superado con éxito el desafío del Anthology, Aspinall encontró el camino allanado para nuevas aventuras. A medida que se resolvían los juicios con EMI y los Beatles vivientes y las viudas podían dialogar de un modo más fluido, el hombre a cargo de Apple le fue dando forma a varios lanzamientos que reavivaron la llama Beatle. Como Yellow Submarine Songtrack, con sus canciones remasterizadas; 1, una recopilación de “números uno” del cuarteto que –no podía ser de otra manera– reventó los charts de todo el mundo; la reedición de los discos rojo y azul, y Let it be... naked, el proyecto que eliminó las pesadas orquestaciones que tantos fans de The Beatles aprendieron a odiar. Paradójicamente, su última labor no tuvo la misma respuesta: Aspinall puso sus mejores esfuerzos en Love, el disco mutante que remezcló las canciones especialmente para el espectáculo del Cirque du Soleil, pero que terminó cerca del fiasco comercial y, a pesar de sus cualidades técnicas, se diluyó como un mero subproducto.
A esa altura, además, la posición de Aspinall en Apple estaba comprometida. No sólo por su enfermedad, sino también por las ásperas disputas alrededor del modo en que el catálogo Beatle debía comercializarse en Internet. El 10 de abril de 2007, Aspinall, convencido de que los planes para darle salida a uno de los filones más valiosos de la comercialización digital terminaría bastardeando la obra de sus empleadores y amigos, se fue golpeando la puerta. Nada casualmente, tres días después Apple Corps. anunció la finalización de los acuerdos necesarios para lanzar el catálogo online durante este año.
Fue su auténtica mano derecha. Condujo las difíciles negociaciones de derechos para las figuras de la tapa de Sgt. Pepper’s lonely hearts Club Band. Su voz resuena en los coros de “Being for the benefit of Mr. Kite!” –donde también grabó una armónica– y “Yellow submarine”, y tocó la tandoora en “Magical mystery tour”. Filmó las escenas que se ven en el “clip” de “Something”, que apenas disimulan el hecho de que no se ve nunca a los miembros del grupo juntos. Estuvo en las neblinosas madrugadas de Liverpool, conduciendo una camioneta en la que viajaban cuatro pibes destinados a cambiar la música popular del siglo XX. Años después, George se encargaría de darle el título con el que soñaron muchos. Adiós, quinto Beatle.
Uno apareció en 1981: tenía una tapa con fondo gris y a toda la banda posando. El otro apareció al año siguiente: tenía una tapa con fondo gris y a toda la banda repartida entre portada y contratapa. Resulta paradójico ese no-color hermanando a dos discos que resultaron claves en la renovación estilística de un rock argentino aún enamorado de las formas de los ’70: Wadu Wadu, de Virus, y Los Abuelos de la Nada, el debut de la segunda formación del grupo encabezado por Miguel Abuelo, resignificaron la época cuando la Guerra de Malvinas aún estaba por suceder. Pero lo hicieron a costa de sangre, sudor, lágrimas... y resistencia al naranjazo: como le sucedía también a Miguel Cantilo a la hora de presentar su proyecto new wave de Punch, Los Abuelos tuvieron que lidiar con la paradoja de un público amante del mensaje de amor y paz de Woodstock, pero preso de una total intolerancia con aquello que no cuadraba con sus cánones.
Y Miguel, extraño duende y boxeador de la escena, bailarín diminuto con su extraña forma de cantar y sus chirimbolos de percusión y vientos siempre a mano, era un blanco apreciable para quienes tenían el oído demasiado acostumbrado a las canciones de fogón o el onanismo sinfónico. El funky ultrapreciso de Los Abuelos, su coqueteo con el reggae, el certero instinto pop, tuvieron que esperar cierto tiempo antes de calar en la conciencia del público local, al que le bastaba con ver a Miguel gritando “¡¡¡Marilúúúúú...!!!” para empuñar la naranja o empezar a medir el monedazo. Aun en 1985, cuando el rock argentino ya era otra cosa, Abuelo soportó el corte en el pómulo en el caótico festival Rock and Pop con estoicismo y convicción artística: “Sobre la palma de mi lengua vive el himno de mi corazón”, siguió cantando, y sigue cantando hoy, en esas rarezas de Mandioca con Pappo en la primera formación, en los poemas cantados de Buen día, día, en el tremendo legado de Los Abuelos, en ese “Cosas mías” que siguen cantando las hinchadas de fútbol.
Miguel Abuelo es hoy una figura indiscutida en la generosa historia del rock local, pero tuvo que ganarse ese lugar a pulso y –como canta Andrés Calamaro– con cojones. Sintió libertad, buscó la alegría de ir a más, cruzó la mar para seducir y cantar por felicidad, perdió la vida, pero dejó su arte. Canciones a las que no se lleva el viento, canciones a prueba de naranjazos.
Es el sueño delirante del consumidor compulsivo de medios, del archivista obsesivo, del historiador minucioso seducido por la idea de un registro incorruptible de todo testimonio de este tiempo. Es la NASA del audiovisual: en un complejo de edificios en Bry-sur-Marne, en las afueras de París, el Institut National de l’Audiovisuel pone en práctica la ambiciosa idea de registrarlo todo, de resguardar el pasado, de generar una memoria del mundo y guardarla de una forma duradera... y con copias de respaldo. Para quien llega de un país donde la conservación de la memoria fue siempre una cuestión extremadamente frágil, entrar en el INA es pisar tierras de asombro y admiración. Allí se graban las 24 horas de más de 70 canales de televisión y 20 estaciones de radio. Allí se conservan –hasta la fecha, porque el rescate es permanente– más de tres millones y medio de horas correspondientes a 70 años de radio y 60 de TV, y más de un millón de documentos fotográficos. Y ésa es sólo una de las puntas de la madeja.
El Instituto nació en 1975, cuando se atomizó el Oficio de Radio y TV francesa y quedaron separados los canales de radio y TV en diferentes sociedades del Estado. En ese momento quedó una serie de actividades sin lugar fijo: el registro y administración de archivos, la formación profesional, la investigación, la producción musical y la producción audiovisual experimental, que se concentraron en el INA. A mediados de los ’90, las posibilidades que ofrecía el mundo digital permitieron darle curso a una preocupación cada vez mayor sobre la forma de conservar los archivos, hacer que ese patrimonio no se diluyera por el paso del tiempo: la transferencia de objetos analógicos a menudo frágiles a archivos digitales abrió un nuevo campo, permitió que una idea en el pasado delirante se convirtiera en posibilidad franca.
Por la misma época, además, hubo un cambio de filosofía sobre el uso de ese archivo. “Los países tienen en general un concepto cerrado del archivo –dice el argentino Daniel Teruggi, uno de los directores de Investigación del INA–. Tienen sus archivos nacionales que guardan la memoria del país, y entonces la guardan muy bien, la cierran y no dejan entrar a nadie, salvo excepciones. Aquí es muy distinto, porque ese archivo representa la vida de un país, la historia estratificada día tras día. Hace 10 años, el INA cambió su filosofía, se dio cuenta de la importancia que tiene no sólo conservar ese fondo sino también hacerlo accesible, darlo a conocer al público. Ahí es donde se convierte en un servicio.”
Desde entonces, y a medida que las cintas analógicas se convertían en archivos digitales (protegidos por un sistema de “huella digital” desarrollado en el mismo Instituto), el INA puso en marcha dos sitios de Internet, uno de acceso público (disponible en www.ina.fr) y otro reservado exclusivamente a profesionales, www.inamedia.com, además de la Inateca (www.ina.fr/inatheque) donde se concentra el depósito legal, una misión que el Estado encargó al INA para preservar la memoria audiovisual producida en Francia (y que, obviamente, no se circunscribe sólo a la actualidad nacional), una iniciativa que encararon sólo cinco países en todo el mundo. Constituido como empresa pública, comercial e industrial, el instituto cuenta con un presupuesto de 150 millones de euros anuales, del cual el 60% es provisto por el Estado: el 40% restante surge de la comercialización de archivos (ver aparte), las labores de investigación y la formación de profesionales técnicos en la escuela Ina’Sup, que para Teruggi es inseparable de las tareas de restauración de viejos materiales y registro de los actuales: “Conservamos la memoria audiovisual pero también la memoria técnica, porque no podemos acceder a la memoria audiovisual sin la intermediación de lo técnico. El modo de acceder forma parte de nuestro patrimonio”. Ahora bien, ¿cómo se lleva a cabo la titánica tarea de conservarlo todo? “Bueno, ahora vamos a visitar la planta”, dice Teruggi. Y empieza el paseo por la NASA.
Para concentrar todo el material restaurado de viejos formatos y archivado de las emisiones diarias de radio y TV, el INA apela a una tecnología que haría babear a cualquier técnico medianamente informado. Basta decir que en la actualidad se utiliza un tipo de “casete” capaz de almacenar archivos digitales con una capacidad de 1,3 petabytes (es decir 1000 terabytes; cada tera suma 1000 gigabytes): en el centro de almacenamiento, unos cubículos cerrados de cerca de diez metros de largo guardan cientos y cientos de esos “casetes”, que un brazo robotizado va extrayendo, decodificando y volviendo a colocar en su lugar para cumplir con los cientos de pedidos de los clientes del instituto, que pueden ser profesionales de la TV o investigadores que buscan material para proyectos especiales en la Inateca. La tarea de restauración implicó adaptar incluso máquinas para poder convertir viejas cintas de 1, 2 y 3/4 de pulgada en files, o extraños artilugios que permiten leer un disco de pasta estragado por el tiempo sin siquiera tocarlo.
Un piso más arriba de esa central, las áreas de registro dan otra demostración del casamiento entre hombres y robots. En el INA abundan los técnicos, pero la enormidad de la tarea obliga a un sistema automatizado que garantice esa grabación y clasificación permanente. Así, la sala de TV es un abigarrado conjunto de pequeñas pantallas que señalizan todo lo que se emite en 70 canales (que serán 110 para 2010), mientras incontables filas de CPU dobles trabajan sin descanso: una registra, almacena y cambia discos DVD automáticamente, mientras que la otra oficia de respaldo “por las dudas”: si la grabación no presentó problemas, la segunda CPU se resetea para volver a comenzar. El panorama se repite en la sala de radio, donde dos CPU por cada radio registran lo que sucede en cada una de las 20 emisoras: además de los archivos en alta y baja resolución (para el sitio de Internet o para utilización profesional) que se generan en la central de almacenaje, el circuito se completa con una serie de máquinas que imprimen constantemente DVD de respaldo.
De esa manera, el Institut genera un banco de riqueza incalculable, que incluye todas las notas documentales sobre cada emisión, trabaja en colaboración con la Biblioteca Nacional francesa para el registro de textos y empieza a encarar el ambicioso proyecto de “peinar” emisiones radio y TV por sitios franceses de Internet. El mundo puede darse el lujo de perder la memoria: todo está guardado a escasos 30 minutos de París.
La compleja negociación por los derechos
A la hora de abrir parte del archivo del INA al gran público, Daniel Teruggi dice que lo más difícil fue la negociación con los propietarios de los derechos. Fueron dos años de charlas y discusiones, primero colectivas (con las sociedades de autores musicales y autores dramáticos) y después con las federaciones de deportes, que, a pesar de lo que podría suponerse de acuerdo con el monto de dinero que se maneja en ese ámbito, resultaron más flexibles que los artistas. Como gestor de esos archivos, el INA se encarga de entregar a los dueños de los derechos el 8 por ciento de los ingresos por su uso en infinidad de aplicaciones y proyectos. “A medida que iban firmando diferentes asociaciones, el proceso se aceleró”, relata el Research Manager del Instituto. “Cuando el material se puso online, el sindicato que nos atacó fue el de periodistas, que reclamaban su propio 8 por ciento.” El planteo dio lugar a una negociación entre los periodistas y canales de radio y TV, que finalmente reconocieron el aporte de los profesionales a la producción de esos materiales. “Hoy prácticamente no quedan agujeros negros, y el INA paga todos los canon anuales que corresponde por la gestión de esos archivos a las sociedades correspondientes –detalla Teruggi–. Sólo existen casos de individuos, como Johnny Hallyday, que no pertenece a ninguna asociación: hay que negociar directamente con él.”
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Dice Vergílio Ferreira en Pensar (Ed. Acantilado):
“En cada etapa de la vida hay una escala de valores que se va reduciendo en razón inversa a la edad. Cuanto más viejo se es, más escasos los valores. Pero, ¿no es eso la experiencia? ¿La desautorización progresiva de lo que nos ha entusiasmado? Las ilusiones que perduran, incluso si ya reconocidas como tales, responden a la obstinación de mantener la identidad que creemos nuestra y a la de mantenernos en pie. La creencia fuerte es del joven, el escepticismo es del viejo.”
El libro del filósofo portugués, muerto en 1996 a unos pensativos 80 años, me está quemando el marote. Y ese concepto, en la mónada uno del capítulo “Pensar”, me quedó rebotando y explicando algunas cosas que le pasan a uno –que me pasan a mí- con la música. Puedo apreciar el último de The Hives y admirar su pop tuneado, pero dedicar toda una tarde a Invisible me produce una fascinación incomparable, como si los muebles pudieran hablarme de ella sin moverse. Solo unas contadas excepciones motivan el disfrutable replay: Dig!!! Lazarus dig!!!, Nick Cave electrificado, o el de Supergrass, cosas así. Pero no hay caso, por dar solo un ejemplo medio al azar, pongo el Vol. 4 de Black Sabbath y se siente de una manera, tan en las tripas, que se me hace difícil encontrar en la batea de novedades.
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(Publicado hoy en Página/12)¿Será posible que Supergrass no tenga un solo disco flojo? ¿Cuál es la química que distingue al cuarteto de Oxford, que hace que suenen al rock inglés de más pura cepa, sean siempre fieles a sí mismos y, sin embargo, nunca suenen repetidos? La próxima semana verá la luz en todo el mundo Diamond Hoo Ha, su sexto disco, y la conclusión vuelve a ser la misma. Supergrass sigue sin tener discos flojos.
Hace ya trece años, la aparición de I should coco, el incendiario debut del entonces trío conformado por el guitarrista y cantante Gaz Coombes, el baterista Danny Goffey (quienes hicieron un pacto para “trabajar juntos toda la vida”) y el bajista Mick Quinn tuvo el efecto de un huracán en una escena británica dominada por las melodías del brit pop. Supergrass no caminaba la vereda de The Beatles, sino que pateaba tachos de basura junto a los Who y los Kinks. Y lo mejor fue que, en su derrotero posterior, el grupo supo conservar la energía de “Caught by the fuzz” o la inocencia de “Alright” mientras profundizaba el tono de sus canciones en discos soberbios como In it for the money (1997), Supergrass (1999) o el reflexivo Road to Rouen (2005), donde se incorporó Rob Coombes –hermano mayor de Gaz– en teclados.
Para este siguiente paso, Supergrass decidió meterse en el legendario estudio Hansa de Berlín. Pero no salió de allí con el tono oscuro que suele teñir los discos realizados en la sala alemana, sino con un álbum vibrante, supergrassiano hasta la médula: basta que suene el infeccioso riff de “Diamond Hoo Ha Man” y todo estalle, con ese estilo aparentemente despelotado pero terriblemente efectivo que los caracteriza. Lo mejor de Supergrass es que entendieron desde el comienzo que es más efectiva la corriente alterna que pisar el acelerador de manera permanente: Diamond... tiene generosas explosiones de energía en “345”, “Bad blood” o la delirante “Whisky & Green Tea”, pero las cosas adquieren otro grosor, otro matiz más allá del electroshock, cuando suenan esas canciones que enamoran de inmediato. Títulos como “Rebel in you”, segundo single que parece prometer uno de esos top of the charts que termina cansando; la melancólica y breve “When I needed you”, la luminosa “Return of inspiration” o la marchosa “Rough knuckles”. Ni hablar del impecable combo de “Outside” y “Butterfly”, cuya épica tan The Who la convierte en uno de esos finales de disco clavados, que ponen un moño perfecto al cabo de apenas once temas y 41 minutos.
Por eso, por la brevedad, la concisión y la rotundez del mensaje, es que Diamond Hoo Ha es de esos discos que piden a gritos un replay. Y el oyente acepta gustoso, y pasa de hacer pogo con los sillones a emocionarse con ciertos giros melódicos, a dejarse atravesar por tanta energía bien dirigida. Y a sorprenderse otra vez: van seis discos, ninguno flojo. Larga vida a Supergrass.
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